Escuela de Bienestar

La neurociencia de las emociones

Estamos en un momento de la historia donde parece que existe una obsesión por ser felices. Piensan que hay atajos para encontrar la felicidad rápidamente, pero eso no es felicidad. La felicidad depende del sentido que cada uno de nosotros le damos a nuestra vida. Pero ¿qué sucede con la sociedad, que ha perdido el rumbo y ha sustituido el sentido de la vida por sensaciones? 

Lamentablemente, esas sensaciones muchas veces lo han sustituido como un «momento de felicidad» con, por ejemplo: masajes, comida, alcohol, redes sociales; y aunque no todo tiene por qué ser malo, sí es autodestructivo cuando se llega a sustituir el verdadero sentido de la vida. Cada vez se investiga más sobre el sentido de la vida. Cuando uno encuentra el sentido a la vida, llega a tener mejor salud física y psicológica  e incluso mejoran los marcadores cardiovasculares. Pero también mejora la verdadera felicidad.

La felicidad a pesar de los problemas

Si bien es cierto, que cada persona es muy probable que esté librando una batalla, esté sufriendo por un problema, ya sea por un tema económico, de salud, familiar, profesional, lo que si queda claro es que siempre hay algo que nos preocupa y esas batallas nos marcan. Pero ¿cómo lidiamos con esas batallas? Lo marcamos o sustituimos con eso que llamamos felicidad, porque la felicidad consiste en conectar con eso bueno y malo que pasa cada día, de manera que las sepamos gestionar de la mejor manera posible.

De hecho, esto tiene un matiz con la plenitud. La plenitud es un estado donde uno mismo nota que las necesidades están cubiertas y no se quiere nada más. Por lo tanto, uno puede estar sufriendo mucho, pero también puede ser feliz en ese momento porque sabe conectar con lo pequeño y bueno que le va sucediendo cada día. Es decir, la felicidad está en conectar con las cosas pequeñas que van surgiendo en el día a día.

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Cómo actúa nuestro cerebro ante las situaciones

Imaginemos que están dos personas conversando en una oficina y de repente empiezan a sonar las alarmas y alguien grita: “¡Fuego!”. Automáticamente, las dos personas se levantan y se ponen nerviosas y les empieza a latir el corazón. ¿Por qué? Porque esa señal es una señal de alerta, de amenaza y ha activado un lugar en nuestro cerebro que es el hipotálamo. Este se encarga de lanzar una señal a las glándulas suprarrenales y se activan dos hormonas: la adrenalina, que es muy conocida por todos, y el cortisol. Y, automáticamente, lo que sucede es que el cerebro busca mecanismos de supervivencia que son: la lucha y la huida.

Asimismo, empieza la persona a sentir taquicardia: el corazón late para llevar sangre a los tejidos y poder luchar o correr, que es lo que hace falta. Luego, empieza la taquipnea, que es esa necesidad de introducir más oxígeno en el cuerpo para que los músculos y las células puedan luchar.

La glucosa se moviliza, las grasas se empiezan a desplazar y en ese momento, la persona ya no puede razonar, porque está en un momento de alerta, y la corteza prefrontal, que es la que se encarga de reflexionar (pensar, buscar soluciones a los problemas) de repente ya no deja pensar tan bien, es decir sucede un bloqueo mental.

Por otro lado, el hipocampo, que es la zona de los recuerdos y donde almacenamos los datos, es hipersensible al cortisol y, por lo tanto, llega a fallar la memoria y se tiene como lagunas en lo que queremos hablar. Ese pico de cortisol va a tardar varias horas en volver a su estado original (así haya pasado la emergencia)

¿Por qué es esto tan importante?

Es importante porque en ese estado, en el que el cortisol se eleva, nuestro organismo va a cambiar. El cortisol es una hormona cíclica, es decir, por las noches baja (tiene que ser bajita para que la persona pueda dormir9 y a lo largo de la noche sube hasta las ocho de la mañana más o menos, cuando tiene su pico más alto. A las ocho de la mañana vuelve a bajar para hacer frente a los desafíos del día a día. Pero, ¿qué pasa si se vive preocupado por algo constantemente?

Para ello, se debe tener claro que la mente y el cuerpo no distinguen una amenaza real de una imaginaria. Por ejemplo, una amenaza real es la alarma de un incendio, un asalto por la calle, una llamada diciendo que un familiar está enfermo, etc. Esa activación del cerebro por algo real se produce también de forma muy similar a como si estuvieses sentada en tu trabajo o en tu casa, y empiezas a pensar: “¿Y si mi hijo está en las drogas?”, “¿y si no llego a fin de mes?”, “¿y si me atracan por la calle?”.

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Más del 90 % de las cosas que nos preocupan nunca suceden. Pero la mente y el cuerpo lo viven como si fuera real. Es decir, tanto lo que sucede como lo que preocupa tiene un impacto directo en la mente. Y esto es clave porque, si más del 90 % de las cosas que nos preocupan no suceden, eso significa que yo voy a inducir en mi organismo un estado de alerta mantenido: lo que se denomina de forma sencilla “una intoxicación de cortisol”. A continuación, veamos de qué manera nos podemos intoxicar.

¿De qué manera intoxicamos nuestro organismo con los pensamientos?

Una vez que ponemos nuestro organismo en estado de alerta por cosas que no suceden (pensamientos negativos, preocupaciones, estrés, etc.) es cuando se empieza a inducir al organismo lo que denominamos “sistema nervioso simpático”, que es ese estado de alerta donde se segrega cortisol, y se genera esa intoxicación de cortisol que produce los cambios en el organismo:

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Cambios a nivel físico:

Uno de los síntomas, por ejemplo, es que se empieza a caer el pelo… ¿Por qué se cae el pelo? Porque cuando uno está en un estado de alerta o en un estado de amenaza, es como si estuviéramos en las trincheras, y entonces el organismo lo que busca es que los recursos se utilicen de la mejor manera posible. Entonces, si tú estás en guerra, si tú estás en una batalla, si te persiguen por la calle, pues el pelo no es un organismo primario para hacer frente a ese desafío y, por lo tanto, de repente empiezas a perder pelo. A la vez, el cortisol inhibe la correcta recuperación del folículo piloso o de los fibroblastos en la piel y, como resultado, aparecen las temidas arrugas, las manchas, y la piel cambia de color.

Por otro lado, empiezas a sentir una sensación de opresión en el pecho constante, falta de aire, te cuesta respirar, tienes problemas a nivel gastrointestinal, la musculatura la tienes tensa porque vives siempre a punto de salir corriendo o a punto de luchar. 

Y entonces, si de repente haces un movimiento un poco extraño, puede ser que tengas una contractura o que te quedes en el sitio, probablemente notes también que te duele todo el cuerpo, se vuelve el cuerpo pesado, te cuesta moverlo, etc. Todo son características y cambios a nivel físico.

Cambios en el organismo

Pero, también, el cortisol altera el funcionamiento de los estrógenos, de la progesterona o de la testosterona. Cuando uno conoce cómo funciona esta hormona, sabe que, cuando uno vive intoxicado de cortisol, en el cuerpo suceden muchos temas, pero hay uno clave. Por ejemplo, el estado de estrés mantenido, lo que va a hacer es modificar el sistema inmunológico, es decir, en un momento de estrés puntual, el cortisol actúa como antiinflamatorio, pero cuando el organismo vive constantemente en un estado de estrés crónico, lo que sucede es que se disocia el sistema inmunológico.

Es ahí, cuando la inflamación, el cortisol y el cuerpo, actúan de manera que nos empezamos a inflamar, viene lo que es la gastritis, gastroenteritis, amigdalitis, colon irritable, dermatitis, etc. Es decir, entra una inflamación latente y ligera en el organismo, pero que es muy peligrosa, porque, cuando entras en un estado de inflamación en el cuerpo, pueden desencadenarse muchísimos problemas físicos y psicológicos.

Asimismo, entra a tallar, por ejemplo, en el aparato intestinal, que como hoy en día sabemos es el segundo cerebro. ¿Por qué? porque está rodeado de una potente red neuronal y tiene un impacto directo en el organismo. Este impacto en el organismo trae muchos síntomas externos, por ejemplo, cuando se tiene un examen, una cita romántica o una cita de trabajo, «sus tripillas» ese día le mandan una señal de que algo está pasando y es ahí, cuando empiezan a tener problemas estomacales de un momento a otro.

Como hemos mencionado anteriormente, el aparato intestinal es el segundo cerebro también, porque actúa tal cual en funcionamiento. Por ejemplo, al lado de los intestinos están las arterias y las venas, por donde se va lo bueno de lo que uno va comiendo para nutrir a todo el organismo, y dentro del intestino, dentro de la luz, están las vellosidades intestinales por donde se absorben los nutrientes y la famosa microbiota.

La causa de algunas enfermedades neurológicas

La microbiota es el conjunto de bacterias, de microorganismos buenos y malos que ayudan a que ese equilibrio sea bueno para la absorción de nutrientes. A la vez, ayuda a integrar las sustancias dentro del organismo.

Hoy en día es clave, pero sabemos que los estados de estrés mantenidos por ese famoso cortisol o por lo que comemos van a modificar la microbiota. ¿Y cuál es el problema de esto? Que a través de esas heridas entran “cosas” (dentro de la sangre que no deberían entrar). Es decir, el filtro, la permeabilidad intestinal como está dañada, permite que entren cosas en la sangre que no deberían y que son tóxicas para el organismo. Y, como sabemos, estas son causantes de algunas enfermedades neurológicas o neurodegenerativas. Y, por otro lado, estás fermentando, estás con la microbiota alterada, lo que genera gas, y es ahí, cuando se tienen esas hinchazones abdominales y esos gases tan molestosos. 

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Cambios a nivel psicológico:

Lo primero que sucede es que la persona se pone irritable, salta a la defensiva a la mínima palabra, está en un estado de alerta y está mucho más vulnerable y mucho más susceptible. Lo segundo que sucede es que la persona no duerme bien: llegas a la noche y, como tienes ese estado de alerta elevado, lo que sucede es que, es muy probable que estés en la cama, empieces a darle vueltas a las cosas y estés de un lado a otro, pero no te duermes.

Sin embargo, a veces, del agotamiento, consigues caer rendido en la cama, pero te levantas a las tres o las cuatro de la mañana con una sensación de preocupación, con algo que te inquieta y no te deja dormir. En otras ocasiones, duermes del tirón, pero te levantas con sensación de agotamiento porque ese estado de alerta impide que llegues al sueño profundo y, por lo tanto, aunque hayas dormido las horas que necesitas, tu cuerpo no se siente descansado del todo.

Consecuencias

Luego, en muchas ocasiones, te puedes poner triste. Este es un punto muy importante, porque muchas depresiones provienen de estados de alerta permanentes. Por ejemplo, cuando tienes un momento de muchísima tensión, de muchísimo trabajo o has estado muy preocupado por algo (por un reto, un desafío o tienes algo en mente), fisiológicamente, cuando eso termine, tu organismo se va a ver afectado, tu mente va a estar un poco triste y un poco apática.

¿Por qué es eso? Porque fisiológicamente, cuando el cerebro ha estado luchando contra algo mucho tiempo y eso termina, de repente está triste y está apagado. Pero cuando la persona empieza a entender el por qué se siente así, y comprende lo que pasó en su mente, poco a poco se siente aliviado, porque si no, lo que sucede es que uno se hace esclavo de síntomas físicos y psicológicos y va como perdido por la vida.

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¿Qué debes hacer?

Poder llegar a unir la mente y el cuerpo y entender que somos lo que pensamos en muchas ocasiones. Que ese pensamiento lleva a una emoción y que esa emoción tiene su impacto en el cuerpo, ayudará mucho para poder desarticular esa intoxicación de cortisol y esos momentos de estrés mantenido. 

Sin embargo, con el ritmo de vida tan acelerado que llevamos, constantemente vivimos situaciones de estrés, de miedo, de frustración y que, como bien hemos visto, si no se canalizan o se atajan correctamente, pues estas emociones o pensamientos negativos van a tener un impacto en nuestra vida, tanto física, como psicológica y mentalmente.

Por ello, cuán importante es analizar nuestra vida, aprender a dar prioridad a lo que realmente importa y no preocuparnos por cosas que no son reales o que no han sucedido para no crearnos situaciones de estrés o problemas de salud.

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